Homenaje al Padre y Flia.






El Dr. Rafael Perico Martinez es el padre del escritor Dr. Mario H. Perico Ramírez.

 

Cargos públicos que desempeñó:

Secretario de Hacienda de la Gobernación de Boyacá, 1.923 - 1.924.

Primer Contralor de la Contraloria General de Boyacá, 1.926 - 1.927.


Matrimonio del Dr. Rafael Perico Martinez y la Sra. Bertilda Ramírez (1912).


Dedicatoria manuscrita de la foto del matrimonio.

Dr. Rafael Perico Martinez, señora y familia





YO LO LLAMABA PADRE

Extraído del libro "Escorzos de Bronce y Agua" - Capitulo II DE BRONCE - paginas de la 85 a la 88. Primera edición: Noviembre de 1.988. Editorial de CAFAM. ISBN: 958-95197-3-3





YO LO LLAMABA PADRE. Así sencillamente. Dándole a cada letra su dimensión, su hondura. Picando fuerte en las vocales para que las consonantes recibieran el impacto y surgiera entonces la palabra con toda su varonía y su hispidez. Lo llamaba padre y me solazaba en ello. Había casi una rabiosa insistencia de mi parte acercarme a él por medio del vocablo. A veces lo lograba, otras no. Las razones del éxito o del fracaso para obtener esta cercanía, siempre, siempre eran de mi exclusiva pertenencia. Quiero explicarlas hoy, cuando mi padre ha comenzado a ser una criatura sin carne, pero con voz y voto dentro de mi espíritu.

Cuando lo conocí, y de esto hace mucho tiempo, había algo en él que me inspiraba envidia, cólera, amor. No sabría decir, para ser sincero, cuál de estas impresiones me tatuaba el alma. El rastrojo de los años me impide ser exacto. Tal vez, las dos primeras, fueran el tallo de la espiga amorosa que germinaba dentro de mí.

Amar al padre es una frase, huera, simbólica, agiotista. Frase que nos consume y nos desbarata. Frase que nos limita porque nos obliga a entregar sin recato, la piedad o el beneplácito de la tradición y de la sangre. El amarlo o el no amarlo no es cosa nuestra, es problema que no nos pertenece, es, y perdóneseme la comparación, la angustia del odre vacío frente al botijón colmado de burbujas, de sonidos, de rodajas.

El amor del hijo al padre no nace con el hombre. El amor del padre al hijo es una consecuencia total de la voracidad del uno para hacerse eterno en el otro. En el hijo apenas sí existe una ligera contracción, una leve predisposición una algebráica viruta de ternura que el mundo y su progenitor se encargan de darle o de no darle redondez, plenitud, fuste.

El amor filial no es un milagro, es un andamiaje de sensaciones y de ejemplos. El estrujón, el beso, la caricia, el golpe, son los acaeceres que el niño sufre y goza y, además, elabora dentro y fuera del pequeño laboratorio de su piel. El tiempo se encarga de orbitar esa ríada de estrellas recortadas que llamamos emociones. Las acuna o las repudia, les da la temperatura suficiente para saber, cuál debe ser el grado, de pérdida o de recuperación, que debe tener el dolor, el amor, la vida.

Hablaba de cuándo y cómo conocí a mi padre. Mi relato puede ser extraño, y es extraño. Pero es cierto. Yo, yo soy el único que estoy en capacidad de dar fe, de que lo que cuento es una verdad, es decir, es mi verdad. Mi padre me llegó por el aire. Antes que su figura su voz tomó posesión de mi persona. La oía y aún hoy la escucho como si fuera la primera vez. No creo que hubiera sido en la cuna, fué más atrás de las mejillas de la infancia. Fue, y no me equivoco al decirlo, el día en que mi madre se azoró de gozo tejiendo la presunción de otro hijo. Decía que mi padre me llegó por el aire. En cada partícula, en cada melladura, en cada arruga del espacio. Su voz no era fina ni bronca. Era una voz con talones de macho y alcances de mujer. Era una voz de adolescente cargada de inflexiones antiguas. Era una voz que comenzaba con un cuento y terminaba con un "ajo".

Y, sin embargo, me llenó las arterias de por vida, de cosas articuladas unas, desarticuladas otras. Aquí una oración, más adelante un verso, a un lado un discurso, al otro una cuenta bancaria, y en medio, siempre en medio, la melodía súbita de la belleza, sostenida como un arco de estambres, de pétalos, de matices, de claroscuros.

Luego muy luego me llegó su figura. Nada, nada de raro tenía. Era alto, delgado, moreno, y furioso, y amoroso, y le cabían los gestos y las rabietas de un par de ojos azules como pueden caber los recuerdos en el cristal de una lámpara. Así era, o así, al menos, yo lo veía.

Crecí junto a él. Pegado a sus corvejones y a su locuacidad. Cuando me llamaba me atosigaba de sensaciones, me engordaba de huellas y de paisajes. Yo lo dejaba hacer porque él ignoraba mi apetito desordenado por almacenar colores, dádivas, sugerencias.

Al final del monólogo él seguía creciendo entre los suyos, en cambio yo me empequeñecía en rencores, y con la mala digestión de los farsantes, le miraba la cabeza y soñaba con ser un navegante entre sus huesos, un pirata de su sabiduría, un vikingo invasor de sus tesoros.

Envejecía como un jeque rodeado de imaginación y de brillantez. Devoraba libros y conversaba. Campesino de  ascendencia se tornó en ciudadano por adopción. Sus raíces lo atormentaban recordándole sus orígenes y, cada año, infatigablemente, alzaba en vilo su alegría, su esposa, sus hijos, y tasaba en el silencio de la tierruca las morrocotas de su inquietud, de su alebrestamiento, de su flexibilidad talentosa para dar y recibir.

Allí sobre el pegujal de sus mayores comencé a amarlo. Al pie del frailejón, de la mazorca, de la hondonada, del surco, de la casona destartalada del abuelo. Allí sí la rasquiña afectuosa me labró el cuerpo y los entresijos. Le ví esbelto y ágil domar la potranca o el caballo cazurro. Lo sorprendí desgranando la espiga entre sus dedos largos. Me lo topé en la siega cascando las nueces de la tertulia apenas la tarde se sacudía del nubarrón. Fuí testigo de su dulzura cuando la copla pringaba el requinto o la bandola. Lo seguí vorazmente, hambrientamente, más allá de las líneas de su frente, con el arpón de mi ternura doblado en dos para no herirlo, cuando en las noches salpicaba de historias y de sugerencias la velada o la charla.

Me inundé de su rectitud y de su altivez y de su empecinada terquedad. Me ahogué en su infantil sensibilidad y desde entonces el sollozo y la lágrima viajaron a mis expensas. Fui amigo de su sombra y me empeñaba a pescozones con los enemigos irreales que lo pudieran rodear. Y lo amé en voz baja por temor de rendirle pleitesía en alta voz.

Fui hombre y esposo, y padre, temblé de emoción acariciando a mis hijos. Curtí con mis besos sus perfiles. Y a pesar de mis sueños, de mis angustias, de mis luchas, de mis fracasos, seguí conturbado de respeto su bíblica y poderosa senectud. Ancló en ella como un viejo galeón con cicatrices y palomas a bordo. Se tornó más enjuto, más seco, más violento, más dulce. Mimó  los días y sopesó las noches. Repintó sus poemas con una letra aguda y soberbia. Cáustico y manso a la vez, sollamaba de nerviosismo a la tribu familiar. Y era el centro, el eje de las preocupaciones, la estameña del cuitado, el niño grande susceptible y mandón, capitán de sí mismo, guardamarina de los demás, que todo lo permitía menos entregar el bastón de mariscal que portaba con garbo, con firmeza, con donaire.

Yo lo llamaba padre. Y aún, después de muerto, lo llamo padre. Y sangro por su ausencia. Y se me espinan los ojos de no verlo. Y se me clavan las agujas del deseo por tomarlo en mis brazos. Y recorro mis facciones tratando de encontrar las suyas. Y me miro las manos esperanzado en encontrar sus últimas caricias. Y me punzo la lengua para que las palabras que no dijo las pueda decir yo.

Yo lo llamaba padre y basta. Continuaré llamándolo así, hasta la mañana o la tarde en que nos volvamos a encontrar.


Doña Bertilda Ramírez esposa del Dr. Rafael Perico Martinez.








El Fundador y Primer director de la Contraloría del Departamento de Boyacá


Recordando al padre del Autor el Dr. Rafael Perico Martinez
Escrito por el Dr. Francisco Castilla G. (consuegro), en el aniversario del fallecimiento del Dr. Rafael Perico Martinez.